La antipolítica como problema en Venezuela

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Antipolitica

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Una aproximación académica a la política nos habla de sus orígenes griegos, de su carácter esencialmente público y de sus bases profundamente antropológicas. También, que la política implica diversidad, pluralidad y diferencia; que ello nos lleva a construir parcialidades y que éstas, a su vez, tienden a buscar equilibrios que pueden alcanzarse gracias a la transacción o al arreglo no siempre óptimo, sino posible dadas las circunstancias. Además, que la política encierra varias dimensiones que la convierten en una realidad, tanto práctica como teórica, sumamente compleja y que cuando hablamos de política en sentido práctico, por ejemplo, nos estamos refiriendo también a eficacia, eficiencia, estrategias, tácticas, técnicas, estilos, valores e ideas.

Como actividad perfectible y profundamente humana, la política tiene admiradores y detractores

Estos últimos quizás se basen en la complejidad de los fenómenos de poder, el descrédito de la acción de gobierno y el mal hacer de políticos dominados por mezquindades y ambiciones. Quienes piensan así quizás dejan de lado una inmensa verdad: la política es el antídoto tanto para la anarquía, porque privilegia los objetivos de orden, seguridad y libertad; como para el ejercicio arbitrario del poder, porque se articula necesariamente con el Derecho.

No obstante, el descrédito de la política ha llegado tan lejos que algunos estudiosos del tema han tenido que salir en su defensa

Es el caso de Bernard Crick, distinguido académico inglés, que a principios del nuevo siglo se vio obligado a escribir una obra fundamental titulada “En defensa de la política, en la que destaca un hecho esencial: “Renunciar a la política o destruirla es destruir justo lo que pone orden en el pluralismo y la variedad de las sociedades civilizadas, lo que nos permite disfrutar de la variedad sin padecer la anarquía ni la tiranía de las verdades absolutas”.

Hoy, estos argumentos nos resultan especialmente oportunos, cuando se desecha a la política para supuestamente apoyar el establecimiento de la democracia en Venezuela, haciendo alarde de la necesidad de la violencia y ejercitando con saña la intolerancia ciega y la soberbia que se cree dueña de la razón. O sea, cuando se busca restablecer la democracia a través de la antipolítica se entra en un juego tan peligroso como el de apagar el fuego con gasolina. De allí que algunas veces veamos a supuestos políticos democráticos utilizando el mismo lenguaje y los mismos códigos de los representantes de la dictadura.

Los que con ropaje democrático desprecian la política buscando beneficiarse, en el fondo se parecen mucho a los bárbaros que pretendemos desalojar del poder: ambos desprecian el pluralismo; ven como enemigos a sus adversarios y a su propios compañeros de lucha; aprovechan cualquier error del compañero para destruirlo y en el fondo sólo pretenden imponer un modelo en el que únicamente se escuche su voz. Hablamos, por tanto, de una especie de “secta iluminada” que hablando de restablecer la democracia, desprecia sus más importantes códigos.

Si nos asumimos como demócratas tenemos que entender que el reconocimiento de la naturaleza diversa y plural de la política es fundamental y que adversar esos atributos nos coloca en el campo de la antipolítica que es, fundamentalmente, anti institucional, por lo cual rechaza a los partidos; apela a la espontaneidad y a las formas de organización coyuntural y propicia los intereses de poderes fácticos que, paradójicamente, también aspiran llegar al poder pero sin intermediación institucional.

La antipolítica encuentra en el contexto actual de Venezuela un caldo de cultivo excepcional

La situación socio económica es sencillamente trágica, se agotó la paciencia y ya el cambio es un asunto de vida o muerte. En esas condiciones, los propulsores de la antipolítica destruyen organizaciones y reputaciones, sin considerar jamás cierto margen de rectificación, porque una vez que se derrama el agua no hay forma de recogerla.

Como se ha visto, la antipolítica no es neutral. Busca influir en la actividad pública redefiniendo los espacios políticos a contracorriente de la política institucional. En algunos casos, la antipolítica es una apuesta consciente y muy mezquina para desplazar liderazgos establecidos; en otros, es el producto de una genuina indignación que, atizada por la impaciencia, suele convertirse en la rabia que antecede a la parálisis y al desencanto con toda forma organizada de orientar la acción, hasta llegar, precisamente, a exaltar la inacción: “No marches, no votes, no protestes, no hay nada que podamos hacer”.

Tampoco es casual que antipolítica y redes sociales se retroalimenten. No hay nada más personalista que las redes sociales gracias a las cuales surgen múltiples líderes de opinión que se ubican en un plano de competencia con los dirigentes políticos. De allí el afán pragmático, personalista y protagónico que ha convertido a muchos en jueces y verdugos de toda acción promovida por los partidos o sus dirigentes.

La antipolítica, finalmente, termina ayudando a mermar el ánimo democrático, la movilización ciudadana y la confianza en los dirigentes. Todos nos encontramos bajo sospecha y el único resultado previsible de ello es la incertidumbre y la desmovilización que, finalmente, sólo le sirven al tirano.

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