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En la carrera contra el cambio climático, las energías renovables (solar y eólica) han sido las protagonistas indiscutibles de la última década en España. Sin embargo, a medida que nos acercamos a los plazos críticos de 2030 y 2050, una realidad incómoda se hace evidente: los paneles solares y los molinos de viento no son suficientes para descarbonizarlo todo. Hay industrias vitales que, por la naturaleza química de sus procesos, seguirán emitiendo CO2. Es aquí donde entra en juego una tecnología que, según destaca un reciente artículo de Compromiso RSE, ha pasado de ser una promesa futurista a una necesidad estratégica inmediata: la captura de carbono (CCUS, por sus siglas en inglés).
El informe subraya que España se encuentra ante una "oportunidad estratégica" única para la captura de carbono. No se trata solo de cumplir con las normativas ambientales de Bruselas para evitar multas, sino de posicionarse como un hub tecnológico e industrial en el sur de Europa. La capacidad de captura de carbono antes de que llegue a la atmósfera y almacenarlo de forma segura en el subsuelo podría ser la llave que permita a la industria pesada española seguir operando en un mundo de emisiones netas cero.
Una solución indispensable para los sectores difíciles
El concepto clave que maneja el análisis es el de los sectores "hard-to-abate" (difíciles de abatir). Hablamos de industrias como la fabricación de cemento, la siderurgia, la química o el refino. Para una cementera, por ejemplo, gran parte de las emisiones no provienen de la electricidad que consume (que puede ser renovable), sino de la reacción química de la piedra caliza al calentarse. Esas emisiones son inevitables en el proceso productivo.
Sin la tecnología de captura de carbono, estas fábricas se enfrentan a un futuro incierto: o cierran por los costes inasumibles de los derechos de emisión de CO2, o se deslocalizan a países con normativas más laxas, destruyendo tejido industrial nacional. La implementación de sistemas CCUS permite "limpiar" estas industrias in situ, garantizando su supervivencia y la de los miles de empleos directos e indirectos que generan. España, con una base industrial sólida, tiene mucho que perder si ignora esta tecnología y mucho que ganar si la adopta.
El potencial geológico y la creación de riqueza gracias a la captura de carbono
Pero la oportunidad va más allá de salvar lo que ya tenemos; se trata de crear nuevos mercados. España cuenta con una geología favorable para el almacenamiento geológico de CO2, con formaciones subterráneas profundas (como acuíferos salinos o antiguos yacimientos de gas agotados) que podrían servir como grandes almacenes seguros de carbono.
Desarrollar esta cadena de valor implica una inversión masiva en infraestructura: plantas de captura, redes de tuberías (hidroductos o similares) para el transporte y centros de inyección y almacenamiento. El artículo de Compromiso RSE sugiere que movilizar estos recursos tendría un efecto multiplicador en el PIB. Hablamos de la creación de empleo de alta cualificación, ingeniería puntera y desarrollo tecnológico. Además, España podría llegar a ofrecer servicios de almacenamiento a otros países europeos que carecen de la geología adecuada, convirtiendo el CO2, irónicamente, en una fuente de ingresos por servicios ambientales.
La carrera regulatoria: no perder el tren de Europa
A pesar del potencial técnico y económico, el despliegue de la captura de carbono en España se enfrenta a un obstáculo principal: la regulación. Mientras países del Mar del Norte como Noruega, Reino Unido o Países Bajos llevan años de ventaja con proyectos en marcha y marcos legales claros, el sur de Europa ha avanzado más despacio.
El sector reclama una hoja de ruta clara por parte del Gobierno que ofrezca seguridad jurídica a los inversores. Los proyectos de CCUS requieren capital intensivo y tienen plazos de amortización largos. Sin un marco regulatorio que defina claramente las responsabilidades, los incentivos y los permisos de almacenamiento, el capital privado dudará en entrar.
La conclusión es clara: la tecnología está lista y la necesidad es urgente. Si España logra alinear su política industrial con las posibilidades que ofrece la captura de carbono, no solo cumplirá sus compromisos climáticos, sino que fortalecerá su autonomía estratégica, protegiendo su industria y liderando la nueva economía baja en carbono.
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