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Las cifras son tan inmensas que cuesta procesarlas, pero detrás de cada número hay una historia de dolor, miedo y, a menudo, de soledad institucional. Según un demoledor informe publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y recogido por ONU Noticias en noviembre de 2025, unos 123 millones de mujeres y niñas en la región europea han sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. Esto equivale a una de cada tres mujeres. Sin embargo, el dato más alarmante del estudio no es solo la prevalencia de la violencia, sino la respuesta del sistema encargado de curar las heridas: el sector salud está fallando estrepitosamente a un tercio de estas víctimas.
La violencia contra la mujer no es un problema marginal ni exclusivo de otras latitudes; está arraigada en el corazón de Europa. A pesar de los avances legislativos y la mayor conciencia social, la respuesta médica sigue siendo el eslabón más débil de la cadena de protección. Cuando una mujer agredida acude a un hospital o a un centro de salud, a menudo se encuentra con un muro de silencio, falta de preparación o protocolos ineficaces que perpetúan su sufrimiento.
La magnitud de una epidemia silenciosa
El informe de la OMS abarca la vasta región europea, que incluye 53 países de Europa y Asia Central. Los datos confirman que la violencia machista es omnipresente. Desde la de pareja hasta las agresiones sexuales fuera del entorno doméstico, el impacto en la salud pública es colosal.
No se trata solo de hematomas o huesos rotos. Las agresiones tienen un efecto dominó en la salud a largo plazo de las mujeres, provocando dolores crónicos, problemas de salud reproductiva, depresión, ansiedad y un mayor riesgo de suicidio. A pesar de esto, las agresiones siguen siendo tratadas en muchas consultas médicas como un "asunto privado" o policial, en lugar de como un determinante social de la salud de primer orden. La OMS subraya que, sin un enfoque sanitario proactivo, es imposible erradicar las secuelas físicas y mentales que arrastran millones de ciudadanas europeas.
El fallo del sistema: la oportunidad perdida en la consulta
El dato clave que denuncia la ONU es que el sector salud "le falla" a un tercio de las víctimas. ¿Qué significa esto en la práctica? Significa que muchas mujeres acuden al médico presentando síntomas claros de abuso —o consecuencias directas del mismo— y salen por la puerta sin ser identificadas, sin recibir apoyo psicológico o sin ser derivadas a servicios de protección.
Los profesionales sanitarios (médicos de familia, enfermeras, ginecólogos, personal de urgencias) suelen ser el primer y a veces único punto de contacto de una mujer aislada por su agresor. Tienen una posición privilegiada para detectar las señales de alerta temprana. Sin embargo, la falta de formación específica, la escasez de tiempo en las consultas y la ausencia de protocolos claros de actuación hacen que esta oportunidad se pierda.
El miedo a preguntar, a ofender o a no saber qué hacer con la respuesta ("sí, me pegan") paraliza a muchos profesionales. El informe destaca que esta inacción no es malintencionada, sino estructural. Si el sistema no capacita a sus médicos para abordar la violencia de género como una patología sanitaria más, el diagnóstico se omite y la víctima regresa al entorno de agresiones sin herramientas para salir.
Un llamado a la acción urgente
La OMS no se limita a exponer el problema, sino que exige cambios inmediatos. Para cerrar esta brecha asistencial, es imperativo integrar la respuesta a la violencia contra la mujer en todos los planes de estudios de medicina y enfermería. No puede ser una asignatura optativa.
Además, se requiere inversión política para crear entornos sanitarios seguros donde las mujeres puedan hablar con confidencialidad. Esto implica protocolos de detección sistemática (preguntar rutinariamente sobre agresiones, igual que se pregunta sobre el tabaquismo) y redes de derivación efectivas. La salud de 123 millones de mujeres no puede depender de la sensibilidad individual de un médico, sino de la robustez de un sistema que entienda que curar la violencia es tan importante como curar una infección.
Europa se enfrenta a un espejo incómodo. Mientras se lideran discursos sobre derechos humanos, millones de mujeres siguen sufriendo en silencio, y cuando piden ayuda muda a través de sus síntomas, el sistema demasiadas veces mira hacia otro lado.
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