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Un hallazgo científico reciente ha puesto de manifiesto una conexión tan sorprendente como profunda: los terremotos que ocurren en las profundidades del Océano Antártico pueden desencadenar enormes explosiones de vida microscópica en la superficie marina. El fenómeno, documentado en un estudio publicado en Nature Geoscience y liderado por investigadores de la Universidad de Stanford, revela cómo movimientos geológicos aparentemente lejanos influyen de manera directa en los ecosistemas marinos, el clima global y, en última instancia, en aspectos cotidianos de la vida humana.
Aunque la Antártida pueda parecer un lugar remoto y desconectado del día a día, los procesos que allí ocurren forman parte de un sistema planetario interdependiente. Comprenderlos permite entender mejor cómo la Tierra funciona como un todo, desde el interior de su corteza hasta el aire que respiramos.
El vínculo invisible entre sismos y fitoplancton
En la base de este descubrimiento se encuentra el fitoplancton, un conjunto de organismos microscópicos que flotan cerca de la superficie del océano y que cumplen un papel esencial en el equilibrio del planeta. Estos diminutos seres, similares a plantas, constituyen el primer eslabón de la cadena alimentaria marina: sirven de alimento al kril, a pequeños crustáceos y a peces, que a su vez sostienen a especies más grandes.
Pero su importancia va mucho más allá de la alimentación. El fitoplancton absorbe grandes cantidades de dióxido de carbono de la atmósfera, contribuye a regular el clima y produce una parte significativa del oxígeno que respiramos. Por eso, cualquier factor que influya en su crecimiento tiene consecuencias a escala global.
El estudio, liderado por Casey Schine y Kevin Arrigo, investigadores de la Escuela de Sostenibilidad Doerr de Stanford, reveló que la actividad sísmica registrada durante el invierno cerca de la Dorsal Antártica Austral influye directamente en el tamaño de las floraciones de fitoplancton que se observan en el verano siguiente.
“El factor principal que determina cuán grande será la floración cada año es la cantidad de terremotos que ocurren en los meses previos”, explicó Schine. Para llegar a esta conclusión, el equipo analizó imágenes satelitales y registros sísmicos entre 1997 y 2024, encontrando una clara correlación entre ambos fenómenos.
Los datos mostraron que, cuando se producen terremotos de magnitud cinco o superior antes de la temporada de crecimiento, las floraciones de fitoplancton pueden alcanzar dimensiones extraordinarias. Un caso emblemático ocurrió en 2014, cuando una de estas manchas verdes llegó a cubrir aproximadamente 266.000 kilómetros cuadrados, una superficie comparable al tamaño de Nueva Zelanda.
Estas floraciones no son simples curiosidades visuales detectadas por satélites. Representan picos de productividad biológica que pueden sostener a vastas poblaciones de organismos marinos durante meses, influyendo en la distribución de especies y en la dinámica de todo el ecosistema antártico.
¿Por qué los terremotos alimentan a los océanos?
La clave del fenómeno se encuentra en el fondo marino. Los terremotos sacuden la corteza terrestre y provocan la apertura de nuevas grietas en las fuentes hidrotermales, también conocidas como respiraderos volcánicos. Estos se localizan a unos 1.800 metros de profundidad y liberan fluidos calientes ricos en minerales.
Entre esos minerales destaca el hierro, un nutriente esencial pero escaso en el Océano Austral. La falta de hierro limita el crecimiento del fitoplancton, de modo que cualquier aporte adicional puede desencadenar una auténtica explosión de vida microscópica.
Durante años, los científicos creyeron que el hierro liberado a grandes profundidades tardaba décadas en llegar a la superficie y recorrer miles de kilómetros. Sin embargo, el estudio demostró que estos nutrientes pueden ascender en cuestión de semanas o meses, desafiando los modelos tradicionales sobre la mezcla y el transporte de sustancias en el océano.
Jens-Erik Lund Snee, sismólogo y coautor del estudio, analizó registros de estaciones sísmicas y confirmó la coincidencia temporal entre los terremotos y el aumento de la actividad del fitoplancton. Por su parte, Joseph Resing, de la Universidad de Washington, destacó que los resultados constituyen una prueba sólida de que los terremotos intensifican la actividad de los respiraderos hidrotermales y, con ello, la productividad del océano.
Las consecuencias de este proceso se extienden a toda la red alimentaria. Las floraciones de fitoplancton sustentan al kril y a pequeños crustáceos, que a su vez alimentan a animales emblemáticos del océano Austral, como ballenas, focas y pingüinos. Schine señaló que ya se ha documentado la presencia de ballenas jorobadas alimentándose en estas zonas poco después de un terremoto, una demostración clara de cómo un evento geológico puede repercutir desde el nivel microscópico hasta los mayores mamíferos marinos.
Un aliado inesperado contra el cambio climático
Además de su rol ecológico, el fitoplancton cumple una función clave en la lucha contra el cambio climático. Al capturar dióxido de carbono, ayuda a reducir la cantidad de este gas en la atmósfera. Arrigo subrayó que comprender estos mecanismos es esencial para mejorar las predicciones sobre cuánto carbono pueden absorber los océanos.
Si el hierro llega a la superficie con mayor rapidez de lo que se pensaba, como demuestra el estudio, los modelos actuales podrían estar subestimando la capacidad del Océano Austral para actuar como un “sumidero” de carbono. Esto tiene implicaciones directas para las proyecciones climáticas y para las estrategias globales de mitigación del cambio climático.
Un fenómeno global aún por explorar
Aunque la investigación se centró en la Dorsal Antártica Austral, existen muchas otras regiones del planeta con respiraderos hidrotermales activos y actividad sísmica, como el Anillo de Fuego del Pacífico. La científica Sophie Bonnet advirtió en Science que procesos similares podrían estar ocurriendo en otros océanos, aunque su impacto global aún es incierto debido a la dificultad de estudiar estas zonas remotas.
Nuevas expediciones científicas, como la realizada en diciembre de 2024, buscan profundizar en esta relación entre terremotos y vida marina. Cada avance aporta piezas clave para entender cómo el océano absorbe carbono, sostiene la biodiversidad y contribuye al equilibrio del planeta.
En definitiva, las sacudidas de la Tierra bajo el hielo antártico no se quedan en el silencio de las profundidades. Sus efectos ascienden hasta la superficie, influyen en la vida marina, en el clima y, de forma indirecta, en aspectos tan cotidianos como la pesca, la disponibilidad de alimentos del mar y la calidad del aire que respiramos.
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