¿Colaboración o dependencia ante el nuevo coronavirus?

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abrazo médicos coronavirus

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Cuando nos vemos afectados por hechos imprevistos, como es la actual aparición del coronavirus a escala planetaria, es el momento de plantearnos algo, que debería ser obvio, pero que la rutina, conveniencia y regularidad de lo inmediato nos impiden ver y actuar en consecuencia.

Una crisis de estas características debería servirnos para replantear y cuestionarnos más allá del puro aspecto sanitario las actuales estructuras de producción y su adecuación a largo plazo para los intereses nacionales e internacionales de nuestras sociedades respectivas.

Nos hemos acostumbrados a oír de una manera sistemática como lo más conveniente y lógico la actual interdependencia social, económica y política entre naciones y sobre entre todo los grupos de interés a nivel global que son los que directa o indirectamente impulsan esta relación, y es solo en momentos como este, que nos damos cuenta, incluso con sorpresa, pues los árboles no nos dejaban ver el bosque, del talón de Aquiles o los riesgos que entraña esta dependencia masiva a la hora mantener activas y funcionando nuestras sociedades respectivas. Nadie duda de la eficacia de la sinergia como herramienta para optimizar costes, de las fusiones y adquisiciones, nacionales e internacionales, a la hora de reducir redundancias en sectores o áreas determinadas, ni de la conveniencia del sistema del “just in time”, para ahorrarnos costes de almacenaje y financiación de “stocks”,  pero más decisivo y determinante todavía, a la hora de optimizar beneficios económicos a corto, es  llevar la fabricación en general a los puntos del globo donde sea más barata, para reenviarla a los lugares en los que por nivel de vida sea más fácil elevar los precios tal y como se ha venido haciendo de forma generalizada durante los últimos tiempos.

Pero… ¿Qué pasa cuando un hecho imprevisto, como el “coronavirus”, un fenómeno natural, una crisis política,  un conflicto serio, o una simple discrepancia en la interpretación de las reglas del juego paraliza el sistema? No es ni lógico ni prudente negar esas posibilidades, la  historia está llena de ejemplos en los que se han quebrantado y desorganizado las principales líneas de comercio y no eran épocas en que la interdependencia fuera tan decisiva. Sin llegar ni aspirar a la autarquía, las sociedades respectivas estaban estructuradas de manera que de alguna manera, estratégicamente, se protegían de esas incidencias al tener una buena parte de su maquinaria productiva bajo su control y no verse abocados a la dependencia absoluta o el caos. Es evidentemente más caro producir en Valencia o Burdeos, Milán o Detroit, que en China o India, Indonesia o Bangladesh, y de alguna forma se deben establecer relaciones económicas y sociales con dichos países, para que paulatinamente puedan incrementar su nivel de bienestar y puedan incorporase a una forma de vida más acorde con nuestro ideales humanitarios, pero no quizá hasta el punto de que la fabricación prácticamente haya desaparecido de Europa, generando en el proceso un aumento del paro estructural entre la población no dotada de habilidades o capacidades muy específicas, características personales que no son comunes entre una gran parte de la masa laboral no cualificada,  que dispara a su vez el gasto social en Occidente. Una crisis más profunda que esta epidemia, por ejemplo un conflicto, generaría  una práctica parálisis en el suministro de una serie de bienes y servicios básicos que podrían incluso detener en seco nuestra propia organización económica.

Cualquier ingeniero naval sabe que en los buques las bodegas están compartimentadas para evitar que con una sola vía de agua se hunda el barco, creo que como imagen vale igual para cualquier actividad humana: la diversificación racional es un principio tan necesario como la concentración y la sinergia, más aún cuando estamos hablando de naciones distintas y en tantas ocasiones adversarias por el control de la realidad económica y política., con principios éticos y sociales tan dispares.

Quizá convenga, como ya se empieza a escuchar en algunos medios internacionales occidentales, que pudiera convenir repatriar algunas de las actividades que ahora se están subcontratando, algunos empiezan, por ejemplo, a ser conscientes de que la falta de unos simples componentes paralicen producciones y paros en centros fabriles no compensa, que ello puede suponer un coste a la larga muy superior al ahorro que supone comprar dichas piezas lejos de casa… Es evidente que la marcha integradora del mundo no se va a detener ni mucho menos,  probablemente vaya a más, si un conflicto, como tantos que pueden encontrarse en la historia de la humanidad,  no lo impide, pero de ahí al extremo de dependencia al que hemos llegado, no hay proporción.

Esta pandemia ha puesto de manifiesto hasta qué punto las consecuencias de una parálisis en las comunicaciones y el contagio físico y psíquico colectivo  puede tener consecuencias imprevistas que van mucho más allá de una anécdota para numerosos sectores de la industria y el comercio, con unas repercusiones sociales y económicas aparentemente desproporcionadas. Sería  deseable, aunque tengo mis dudas,  que estas consideraciones sirvan para algo más que elucubrar sobre  planteamientos teóricos interesantes. La colaboración entre naciones es justa, rentable y necesaria, la dependencia  puede llegar a ser letal.

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