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Hace sesenta años, en un mundo que intentaba sanar las heridas del colonialismo y el Holocausto, la comunidad internacional dio un paso al frente. Se adoptó la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (ICERD), un texto jurídico que prometía un futuro de igualdad y dignidad. Sin embargo, al cumplirse seis décadas de aquel hito, la celebración se ha tornado en alerta roja. Según informa ONU Noticias, los expertos en derechos humanos advierten que, lejos de erradicarse, la injusticia racial está aumentando de forma alarmante en todo el planeta, mutando hacia nuevas formas de odio que amenazan la convivencia pacífica.
El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) ha sido contundente en su diagnóstico: estamos ante una regresión. A pesar de tener las herramientas legales, la realidad cotidiana de millones de personas de ascendencia africana, asiática, indígenas, y minorías étnicas sigue marcada por la exclusión sistémica, la violencia policial y la pobreza estructural. El mensaje de la ONU es claro: el papel aguanta todo, pero la sociedad no.
Los nuevos rostros del odio
¿Por qué estamos peor si tenemos más leyes que nunca? Los expertos señalan varios culpables de la injusticia racial. El primero es la instrumentalización política del racismo. En numerosos países, el discurso de odio ha dejado de ser marginal para instalarse en el centro del debate público. Líderes políticos y figuras mediáticas utilizan la xenofobia como arma electoral, culpando a los "otros" de los problemas económicos o sociales.
Este discurso incendiario ha encontrado un amplificador perfecto en las plataformas digitales. La discriminación algorítmica y la impunidad en redes sociales permiten que los mensajes racistas se viralicen a una velocidad vertiginosa, normalizando insultos y prejuicios entre las generaciones más jóvenes. El informe destaca especialmente la situación de vulnerabilidad de los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. Se les ha convertido en los chivos expiatorios de la crisis global, enfrentándose a muros físicos en las fronteras y a muros legales dentro de los países de acogida que les niegan derechos básicos.
La falta de voluntad política y la aplicación de la ley
El segundo gran obstáculo es la brecha entre la legislación y su aplicación. La Convención ICERD es un instrumento poderoso, pero requiere voluntad política para ser efectiva. La ONU denuncia que muchos Estados que han ratificado el tratado no lo implementan en sus políticas internas contra la injusticia racial. Faltan mecanismos de denuncia seguros para las víctimas, faltan sanciones reales para los agresores y falta una educación antirracista en las escuelas.
El racismo institucional o sistémico es quizás la barrera más difícil de derribar. No se trata solo de un insulto en la calle; se trata de que una persona, por su color de piel o su origen étnico, tenga estadísticamente menos probabilidades de acceder a una vivienda digna, a un empleo de calidad o a una atención sanitaria adecuada. Los datos muestran que la pobreza y la raza siguen estando intrínsecamente ligadas en 2025, una realidad que perpetúa el ciclo de exclusión generación tras generación.
Un llamado a la acción universal contra la injusticia racial: ratificación y educación
Ante este panorama desolador, el Comité de la ONU no pide resignación, sino acción urgente. El 60º aniversario debe servir como un punto de inflexión para revitalizar el compromiso global. La primera exigencia es la ratificación universal de la Convención. Todavía hay países que no se han adherido plenamente o que mantienen reservas que limitan su eficacia.
Pero más allá de las firmas, se necesita un cambio cultural. La lucha contra la discriminación e injusticia racial debe ser transversal. Los expertos instan a los gobiernos a desmantelar las estructuras heredadas del pasado colonial y esclavista, a promover la justicia reparadora y a garantizar que la diversidad se vea como una riqueza y no como una amenaza.
La conclusión del informe es una advertencia severa: si no se atajan las causas profundas de esta injusticia racial creciente, la cohesión social se romperá. La paz y la seguridad internacionales dependen de nuestra capacidad para cumplir, de una vez por todas, la promesa hecha hace 60 años: que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.
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