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Hace apenas unas semanas, Vanesa Almeida regresó del Himalaya con una mezcla de agotamiento físico y plenitud interior. Su cuerpo, todavía adaptándose al regreso desde la altura, arrastra las secuelas de la hipoxia y el frío extremo. Pero su espíritu vibra con la intensidad de una experiencia que, más que deportiva, fue transformadora.
Natural de Vitoria-Gasteiz y con 46 años, Almeida ha sido regatista profesional, campeona del mundo de vela, entrenadora paralímpica y, ahora, alpinista con autismo. Lidera el proyecto “8.000 sin barreras”, con el que busca convertirse en la primera persona con Trastorno del Espectro Autista (TEA) en ascender una de las grandes montañas del planeta: el Manaslu, en Nepal. Su objetivo es tan simbólico como deportivo: derribar prejuicios y visibilizar la diversidad. “El autismo no me limita, me potencia”, resume.
El regreso desde las alturas para Vanesa Almeida
Aún en proceso de recuperación, Vanesa Almeida explica con serenidad que la exposición prolongada a la altura deja una huella profunda. “El cuerpo enferma en altitud y tarda meses en recuperar el equilibrio hormonal y metabólico”, explica. Lo dice con conocimiento de causa: su sensibilidad física le permite detectar cualquier cambio interno. “Siento la sangre más espesa, como si fuera mermelada”, describe con humor. Pero no se queja. “Es un proceso natural. La montaña enseña a aceptar el ritmo del cuerpo y la importancia del descanso”.
Su ascenso al Manaslu la llevó hasta los 7.000 metros, donde un fuerte temporal de nieve obligó a detener la expedición. Aunque no alcanzó la cima, Vanesa no siente frustración. “Volver viva, con aprendizaje y experiencias, ya es un éxito”, asegura. “La montaña es justa, te pone en tu sitio. Saber decir ‘hasta aquí’ también es sabiduría”.
Más allá del reto físico, esta aventura se convirtió en un viaje hacia dentro. “Salir de la zona de confort transforma. Te pone frente a ti misma”, reflexiona. En la soledad del Himalaya, Vanesa Almeida encontró respuestas que no caben en los podios. “Cuando regresas, muchas cosas cotidianas te parecen absurdas. La montaña te recoloca por dentro”.
Su historia con el alpinismo es reciente. Comenzó hace cinco años, coincidiendo con su diagnóstico de Autismo de Alto Funcionamiento (TEA 1). Hasta entonces, su vida había girado en torno al mar: tres campeonatos de España, un mundial y una Medalla al Mérito Deportivo avalan su carrera. Pero algo había cambiado. “Ya no disfrutaba. Sentía que faltaba algo”, recuerda.
El descubrimiento llegó en una formación de esquí de montaña. “Fue un flechazo. Y cuando me diagnosticaron autismo, entendí que podía unir mis dos mundos: mi pasión y mi condición”.
“8.000 sin barreras”: ciencia, inclusión y superación
De esa unión nació “8.000 sin barreras”, un proyecto que combina deporte, ciencia e inclusión social. Junto a investigadores de la Universidad Miguel Hernández, Almeida participa en dos estudios sobre fisiología en altitud y nutrición deportiva.
Los datos hablan por sí solos: mientras la mayoría de los alpinistas pierde entre seis y diez kilos en una expedición de 7.000 metros, Vanesa Almeida solo perdió medio. “Eso demuestra que una buena planificación y el conocimiento del cuerpo marcan la diferencia”, explica. Su alta sensibilidad, añade, es un valor científico. “Estoy muy conectada con mi cuerpo, y eso aporta información útil a la investigación”.
Pero la meta de Vanesa Almeida va mucho más allá de los récords. Su misión es dar visibilidad al autismo desde la normalidad y la aceptación. “He pasado por la escuela, la universidad y la élite deportiva sin que nadie detectara lo que me pasaba. Viví sin entenderme, y eso no debería ocurrir”, denuncia.
Por eso, trabaja en iniciativas de detección temprana y sensibilización. “Un adolescente necesita saber quién es, tener herramientas para comprenderse. No se trata de compadecer, sino de comprender”.
Acostumbrada a la presión de la competición, Vanesa Almeida encontró en la montaña un espacio de paz. “En la vela todo era estrés, jueces, espectadores. En la montaña no hay nadie que te evalúe. Solo estás tú y el silencio”, cuenta. Para ella, caminar entre la nieve es una forma de meditación activa. “Subo, respiro, me vacío. Vibro con la montaña. Es minimalismo en estado puro”.
El equilibrio y la familia
La gestión emocional y física forma parte esencial de su rutina. “El autista debe evitar que el globo se hinche. Si colapsas, el cuerpo y la mente se apagan”, explica con una metáfora. Por eso cuida el descanso, la alimentación y los entornos sensorialmente amables.
Su equilibrio tiene nombre propio: Aria y Alec, sus hijos. “Ellos son mi cima más alta. Todo lo que decido les afecta, por eso priorizo la seguridad”. Reconoce que la maternidad cambió su manera de entender el deporte: “Los deportistas solemos ser egocéntricos, pero ser madre te coloca en otro lugar. Ya no puedes estar al 100%, y está bien”.
Aunque no alcanzó el Manaslu, Vanesa Almeida no se detiene. “Necesito tiempo para procesar, reestructurar y volver a empezar. El viaje continúa y cada paso tiene sentido”, dice. Su objetivo no es solo conquistar cumbres, sino disfrutar del proceso. “El éxito no está en la cima, sino en el camino”.
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