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Tan solo cuarenta y ocho horas después de comenzar 2026, los datos científicos definitivos revelan una realidad preocupante. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) y Copernicus, el servicio de monitoreo climático de la Unión Europea, confirman que la tendencia observada en 2024 no solo ha persistido, sino que se ha consolidado: el incremento térmico de la Tierra es una realidad incuestionable. El año 2025 se despide dejando tras de sí una estela de récords que sitúan a la humanidad en un escenario de vulnerabilidad sin precedentes.
Un año de registros extremos y calentamiento global acelerado
Según un estudio de la World Weather Attribution (WWA) publicado este 30 de diciembre, las temperaturas globales han sido "excepcionalmente" altas durante los últimos doce meses. Los datos son claros: 2025 se perfila como el segundo año más cálido desde que existen registros oficiales. Entre enero y agosto, la temperatura media mundial ya se situaba 1,42 °C por encima de los niveles preindustriales, una cifra que rozó el límite crítico en el periodo posterior.
El promedio registrado entre septiembre de 2024 y agosto de 2025 ascendió a 1,52 °C, lo que implica que el mercurio terrestre ya ha rebasado, aunque sea de forma temporal, el incremento de grado y medio que el Acuerdo de París establece como el umbral de seguridad para evitar las peores consecuencias del calentamiento global. Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, ha insistido en que los últimos 11 años han sido los más calurosos de la historia, consolidando una deriva que hace "prácticamente imposible" no superar dicho umbral de manera transitoria.
Impacto humano y fronteras planetarias
Las consecuencias de este fenómeno no son solo estadísticas; son humanas y vitales. La Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó en noviembre que más de 540.000 personas fallecen anualmente debido a las olas de calor, y que 3.500 millones de individuos habitan en zonas de alta vulnerabilidad climática. España ha sido un ejemplo claro de esta virulencia: el verano de 2025 ha sido el más cálido registrado en el país, con 33 días de olas de calor extremo que han pulverizado los registros históricos.
Más allá de la temperatura atmosférica, el calentamiento global está alterando la química de los mares. El informe del Planetary Boundaries Science Lab destaca que la acidificación de los océanos se ha convertido en uno de los límites planetarios ya superados. La quema continuada de combustibles fósiles, sumada a la deforestación masiva, está mermando la capacidad de las masas de agua para actuar como estabilizadores térmicos del planeta, poniendo en serio peligro la biodiversidad marina y los ciclos de agua dulce.
La crisis de los hielos y el efecto del calentamiento global
El estado de los polos es quizás el termómetro más dramático de la situación actual. En febrero de 2025, el hielo marino mundial alcanzó mínimos históricos, con temperaturas en el Polo Norte que llegaron a estar 11 °C por encima de lo habitual. La extensión máxima del hielo fue la más baja en 47 años de registros satelitales, y en septiembre el Ártico apenas conservaba 4,60 millones de kilómetros cuadrados de superficie helada. Esta pérdida de masa blanca acelera el calentamiento global al reducir el efecto albedo, provocando que la Tierra absorba más radiación solar en lugar de reflejarla.
Esperanza entre la adversidad: la recuperación de especies
A pesar de que el calentamiento global sigue presionando los ecosistemas, 2025 también ha dejado noticias positivas en el ámbito de la conservación, especialmente en la península ibérica. El lince ibérico ha pasado de estar en peligro crítico a ser calificado como vulnerable, gracias a un programa de cría en cautividad que este año ha celebrado dos décadas con un éxito rotundo: 48 cachorros supervivientes y un censo total que supera los 2.400 individuos.
De igual modo, el águila imperial ibérica ha alcanzado máximos poblacionales en Castilla y León, demostrando que, si bien el calentamiento global representa un desafío existencial, la acción humana decidida puede frenar la pérdida de biodiversidad. El reto para 2026 será trasladar ese éxito local de conservación a una escala global para mitigar la crisis climática que sigue asfixiando al planeta.
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