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Hace cuarenta años, un diagnóstico de VIH era una sentencia de muerte. Hoy, gracias a los avances científicos y a los tratamientos antirretrovirales, se ha convertido en una condición crónica con la que se puede vivir una vida larga y plena. Sin embargo, la medicina ha ido más rápido que la sociedad. Aunque el virus se puede controlar hasta hacerlo indetectable (y por tanto, intransmisible), el prejuicio social sigue siendo un patógeno resistente. Ante esta realidad, la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Trans, Bisexuales, Intersex y más (Felgtbi+) ha alzado la voz para exigir una respuesta institucional que garantice no solo la supervivencia biológica, sino la dignidad, la calidad de vida y el fin definitivo del estigma.
Según la información recogida por Servimedia, la organización considera que España se encuentra en un punto de inflexión. Ya no basta con dispensar pastillas; es necesario dispensar derechos. La reivindicación central es clara: las personas con VIH no son solo pacientes, son ciudadanos que a menudo se enfrentan a una muerte civil provocada por la discriminación laboral, social y sanitaria.
Del control médico al bienestar integral
Durante años, la estrategia mundial se ha centrado en los objetivos 90-90-90 de ONUSIDA (diagnosticar al 90 %, tratar al 90 % y lograr la supresión viral en el 90 %). La Felgtbi+ reclama poner el foco en el cuarto 90: la calidad de vida.
Esto implica abordar la salud desde una perspectiva holística. Muchas personas con VIH sufren comorbilidades, efectos secundarios de tratamientos antiguos y, sobre todo, problemas de salud mental derivados de la ocultación y el miedo al rechazo. La ansiedad y la depresión son compañeras habituales de viaje en un entorno que sigue juzgando la infección bajo prismas morales obsoletos. La exigencia de "calidad de vida" pasa por garantizar acceso a servicios de apoyo psicológico, la eliminación de barreras burocráticas en el acceso a seguros o hipotecas, y la formación de los profesionales sanitarios para que traten a la persona, no solo al virus.
La serofobia: el muro invisible en el trabajo y la sociedad
El estigma, a menudo denominado serofobia, sigue siendo la principal barrera para la inclusión real. A pesar de que la evidencia científica es irrefutable (Indetectable = Intransmisible), el miedo irracional al contagio persiste. La Felgtbi+ denuncia que muchas personas ocultan su estado serológico en el trabajo por temor al despido o al aislamiento por parte de sus compañeros.
Para combatir esto, la Felgtbi+ urge a reactivar y dotar de recursos el Pacto Social por la No Discriminación y la Igualdad de Trato Asociada al VIH. Este instrumento, impulsado por el Ministerio de Sanidad, busca alinear a empresas, sindicatos y administraciones para erradicar las exclusiones injustificadas. No se trata de buena voluntad, sino de justicia. La discriminación por VIH es una vulneración de derechos fundamentales que empuja a muchas personas, especialmente a mujeres trans, migrantes y trabajadores sexuales, a los márgenes del sistema, dificultando aún más su adherencia al tratamiento y su integración social.
Todos debemos envejecer con orgullo y sin soledad
Un capítulo especial en las reivindicaciones lo ocupan los supervivientes de largo recorrido. Son aquella generación que se infectó en los años 80 y 90, que vio morir a sus amigos y parejas, y que sirvió de conejillo de indias para los primeros tratamientos tóxicos. Hoy, estas personas están envejeciendo.
Son los primeros en la historia en envejecer con VIH, y se enfrentan a un escenario desconocido: el envejecimiento prematuro, la inflamación crónica y la interacción de múltiples fármacos. Pero su mayor enemigo es la soledad no deseada. Muchos carecen de redes familiares de apoyo (rotas por el estigma hace décadas) y se enfrentan a un sistema de residencias y cuidados geriátricos que no está preparado para atender sus necesidades específicas ni para respetar su diversidad sexual.
La Felgtbi+ exige que el Estado reconozca la deuda histórica con este colectivo. Piden programas específicos de geriatría especializados en VIH y modelos residenciales inclusivos donde no tengan que "volver al armario" al final de sus vidas. Garantizar su dignidad es una cuestión de justicia intergeneracional para quienes pusieron el cuerpo en los peores años de la pandemia.
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