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Hay una forma de violencia que se vive de puertas para adentro, blindada por un muro de vergüenza y culpa mucho más espeso que el de otros delitos. Es la violencia filio-parental, aquella violencia de hijos jóvenes hacia sus madres o padres. Sin embargo, hablar de "padres" en genérico es ocultar una realidad estadística abrumadora: la inmensa mayoría de las víctimas son mujeres. Según una alerta reciente recogida por Efeminista, los expertos advierten de un aumento significativo de casos en los que jóvenes, a menudo menores de edad, agreden física o psicológicamente a sus madres. La frase "lo vemos todas las semanas" resuena en los despachos de abogados y psicólogos como una señal de alarma social que no podemos ignorar.
Este fenómeno, esta violencia de hijos jóvenes hacia sus madres, ha dejado de ser una anécdota de "hermano mayor" para convertirse en un problema estructural. Ya no son casos aislados de familias desestructuradas; la violencia ha penetrado en hogares de clase media y alta, donde la falta de límites, la baja tolerancia a la frustración y, crucialmente, el machismo aprendido, crean un cóctel explosivo que estalla contra la figura materna.
Un problema con sesgo de género: la madre como objetivo
¿Por qué ellas? Los datos son contundentes. Aunque los padres también sufren agresiones, las madres se llevan la peor parte en frecuencia y gravedad. Las expertas consultadas por Efeminista apuntan a que la violencia de hijos jóvenes hacia sus madres no es casualidad, sino una manifestación más de la violencia machista.
En una sociedad patriarcal, la autoridad de la madre a menudo se cuestiona o se devalúa. Muchos adolescentes varones (y también chicas) crecen viendo a la madre como la figura encargada de los cuidados, del servicio y de la atención incondicional. Cuando esa madre intenta poner normas, decir "no" o ejercer su autoridad, el hijo reacciona con violencia porque siente que se está rompiendo el rol de servidumbre que tiene asignado. La agresión se convierte así en una herramienta para recuperar el control y el poder dentro del hogar. Atacan a la madre porque la perciben como el eslabón más vulnerable o porque replican conductas de desprecio hacia lo femenino que han visto en su entorno o en las redes sociales.
La escalada de la tiranía en la violencia de hijos jóvenes hacia sus madres
La violencia filio-parental no empieza con una paliza. Comienza mucho antes, con lo que los especialistas llaman el "síndrome del emperador" o la tiranía del hijo. Se inicia con faltas de respeto, insultos ("estás loca", "no sirves para nada"), rotura de objetos en casa y amenazas cuando no consiguen lo que quieren (el móvil, dinero, salir de fiesta).
Si no se frena a tiempo, la violencia de hijos jóvenes hacia sus madres escala. El estudio destaca que la normalización de conductas agresivas es alarmante. Los jóvenes de hoy tienen menos herramientas emocionales para gestionar la frustración. Acostumbrados a la inmediatez digital, no aceptan un "no" por respuesta. Cuando la violencia verbal deja de surtir efecto, pasan a la intimidación física, los empujones y, finalmente, los golpes.
Las madres, atrapadas entre el amor incondicional y el terror, tardan una media de 18 meses a dos años en pedir ayuda. La culpa es el gran silenciador. Se preguntan "qué he hecho mal", se sienten fracasadas como educadoras y temen que, si denuncian, su hijo acabe en un centro de menores, estigmatizado de por vida. Este silencio es el oxígeno que alimenta al agresor.
Educación y límites
Frente a esta realidad, la solución no pasa solo por la vía judicial, sino por la educativa y terapéutica. Es urgente desmitificar la maternidad como un estado de sacrificio perpetuo donde "hay que aguantarlo todo". Las madres deben saber que poner límites no es dejar de querer, sino educar.
Los expertos reclaman más recursos de salud mental para estos jóvenes, muchos de los cuales presentan problemas de adicciones o trastornos de conducta no diagnosticados. Pero también exigen una revisión de los modelos educativos. Educar en igualdad es la mejor vacuna. Si enseñamos a los hijos que la madre y el padre tienen la misma autoridad y merecen el mismo respeto, se desactiva el componente de género de esta violencia de hijos jóvenes hacia sus madres.
La alerta de Efeminista es clara: esto está pasando ahora mismo, en el piso de al lado. Reconocer que un hijo puede ser un maltratador es doloroso, pero es el único camino para detener la espiral y recuperar la paz familiar antes de que el daño sea irreparable.
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