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Cada verano, las imágenes de los incendios forestales nos golpean con la misma crudeza: llamas devorando hectáreas de monte, columnas de humo visibles a kilómetros y el trabajo heroico de los equipos de extinción. Cuando finalmente se anuncia que el fuego ha sido "controlado" y "extinguido", la sociedad respira aliviada. Pero para la naturaleza, ese es solo el final del primer acto de un drama mucho más largo y silencioso. El fuego se apaga, sí, pero la verdadera catástrofe —la pérdida de la biodiversidad— acaba de empezar. La cicatrización de un bosque quemado es un proceso lento, frágil y que, en el mejor de los casos, tarda entre 10 y 20 años en mostrar signos de una recuperación real.
Este plazo, que puede parecer una eternidad, evidencia que la verdadera dimensión de un incendio no se mide en las hectáreas calcinadas que aparecen en los titulares, sino en la compleja red de vida que se ha desvanecido. Entender este proceso es fundamental para valorar en su justa medida el tesoro que perdemos con cada incendio y la urgencia de la prevención.
El "día después", un paisaje de silencio y vulnerabilidad
Una vez que las llamas desaparecen, lo que queda es un paisaje lunar, negro y en un silencio desolador. El primer y más grave impacto no es la pérdida de los árboles, sino la destrucción del suelo. El fuego lo calcina, matando la riquísima capa de microorganismos, insectos y materia orgánica que lo hacen fértil. Lo deja desnudo, compacto e impermeable.
Esta es la primera gran emergencia. Con la llegada de las primeras lluvias, ese suelo indefenso es extremadamente vulnerable a la erosión. El agua arrastra la fina capa de cenizas fértiles y la tierra, provocando corrimientos, contaminando los ríos y, en el peor de los casos, iniciando un proceso de desertificación que puede hacer que la zona sea irrecuperable. Por ello, las primeras actuaciones post-incendio en favor de la biodiversidad a menudo no consisten en plantar, sino en proteger el suelo con técnicas como el mulching (cubrirlo con paja) o la construcción de pequeñas barreras.
La lenta reconquista de la biodiversidad: la flora y la fauna
La recuperación de la vegetación depende enormemente del tipo de bosque y de la intensidad del fuego.
- Ecosistemas resilientes (el mejor escenario): En bosques mediterráneos adaptados al fuego, como los pinares o los encinares, la naturaleza tiene sus propios mecanismos de defensa. Especies como el pino carrasco liberan sus piñones con el calor (son pirófitas), y otras como la encina o el alcornoque tienen la capacidad de rebrotar desde la raíz o el tronco. En estas condiciones favorables, si el fuego no ha sido extremadamente severo, se puede empezar a ver una cubierta vegetal pionera en los primeros 2 a 5 años.
- El largo camino hacia la madurez: Que vuelva el verde no significa que el ecosistema se haya recuperado. Pasar de esos primeros arbustos y pinos jóvenes a un bosque maduro, con árboles de gran porte, una estructura compleja y un sotobosque rico, es un proceso que requiere un mínimo de 20 a 30 años, y en muchos casos, más de un siglo.
La fauna es la otra gran víctima. Los animales más grandes y rápidos (ciervos, jabalíes) pueden huir, pero se enfrentan a la pérdida de su hábitat y su alimento. Los más pequeños y lentos (reptiles, anfibios, insectos, micromamíferos) perecen en su inmensa mayoría. La recolonización es extremadamente lenta. Depende de que la vegetación vuelva a ofrecer refugio y alimento, y de que existan "corredores ecológicos" desde zonas no quemadas. La recuperación de las complejas cadenas tróficas de biodiversidad —desde los insectos polinizadores hasta las aves rapaces— puede llevar décadas.
El factor humano
Las acciones humanas tras un incendio son críticas y pueden acelerar la recuperación o, por el contrario, dar la puntilla al ecosistema. Los expertos advierten contra los impulsos bienintencionados pero contraproducentes, como las reforestaciones masivas y precipitadas.
"Lo primero que hay que hacer es no hacer nada y observar", explica un ingeniero forestal. "Hay que esperar al menos un año para ver la capacidad de regeneración natural del bosque. Si el ecosistema puede recuperarse por sí mismo, es la mejor opción para recuperar la biodiversidad de ese lugar. Plantar especies no autóctonas o hacerlo de forma masiva y sin criterio puede ser peor que el propio incendio".
La lucha contra los incendios forestales es una batalla que se libra en tres frentes: la prevención durante todo el año (gestión forestal, limpieza de montes), la extinción durante la emergencia, y las tareas de restauración de la biodiversidad durante las décadas siguientes. La sociedad se vuelca con el segundo, pero a menudo olvida la importancia vital del primero y la paciencia que requiere el tercero. Cada hectárea que arde es un préstamo que le pedimos a las futuras generaciones y que la naturaleza tardará, como mínimo, una década en empezar a devolver.
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